José Lemos es uno de los grandes técnicos del boxeo argentino. Entrenó entre muchos otros, a Julio César Vásquez, Carlos Ríos y al actual campeón Internacional del Consejo, Carlos Baldomir.  

En los años 60 Lemos fue un muy buen boxeador, producto de la escuela de don Amílcar Brusa. Cuando se conocieron con Carlos Monzón, andaban por los doce años. “Y no nos separamos nunca jamás”, cuenta este hombre de rostro curtido, nacido en Santa Fe el 1º de octubre de 1968. “Los dos éramos pobres, pero él mucho más, venía de una familia numerosa y muy desprotegida, siempre con el fantasma terrible de las inundaciones encima. Sólo conociéndolo se lo podría comprender”.

 Lemos, que como profesional alternó dignamente con todos los boxeadores de su época y que también peleó en el Luna Park, recuerda que hacer guantes con Carlos no era para muchos. “El se metía en el ring a pelear, no a practicar, y pegaba sin piedad ninguna; hubo una época que opté por escaparme, porque plantarse con él era cosa seria. Cada entrenamiento era un combate y llevaba esa furia al ring, sólo que peor. ¿Quiere usted creer? Cuando entrenaba, andaba por los 76 kilos y recién en la última semana bajaba a 72,500”.

 Lemos cuenta que Monzón era muy fiel a sus amigos; y que nunca se rompió el vínculo con Pelusa, aunque se separaron divorcio mediante. “Carlos era muy popular y las mujeres lo seguían; nunca llenó el Luna Park, pero cuando volvió campeón mundial, en Santa Fe lo recibieron como a un ídolo”.

 Según Lemos, el estilo de Carlos no era comercial: “Era frío, calculador, no lucía para nada, pero metía las manos con una fuerza tremenda. Y oscilaba el torso de tal manera que, cuando se tiraba hacia atrás, era imposible pegarle; y cuando se hamacaba hacia delante ganaba distancia  en un segundo”.

 “El se mató un domingo –dice Lemos- y el viernes anterior estuvimos charlando mucho. Estaba a punto de salir en libertad y quería irse a vivir a Francia y organizar boxeo con Alain Delon y Jean Claude Boutier. Me dijo que yo le iba a mandar boxeadores desde Santa Fe y Argentina. Estaba lleno de proyectos. Por eso cuando me enteré de su muerte, no pude reaccionar y sólo pude llorar. Era hosco, de pocas palabras, pero era un amigo, un amigo de verdad”.

Por Carlos Irusta. AlbordedelRing.com.ar