Sus brazos ya no responden como antes. Con el paso del tiempo todo toma su personalidad y esos fuertes brazos que con tanta contundencia golpeaban a sus rivales como si obedecieran a su cerebro antes de que él lo ordenase apenas le dejan llevar una vida normal ahora que ya no le queda demasiado tiempo.
Su rostro refleja el vestigio y recuerdo de la gloria de haber sido el mayor campeón y más valiente hombre sobre los rings de todo el mundo, ejecutor de los más temibles profesionales del noble arte de los puños donde él fue temido y odiado por campeones y sus seguidores repudiado por ser insalvable escollo para los demás hombres que apenas podían parejarse a él durante unos segundos de cada pelea que solo duraba en función de él quisiera irse a su casa con su gente, pasar el duro trámite con celeridad y llevarse lo suyo con el mínimo daño para ambos.

Ahora sus ojos protegidos por los párpados caídos sobre ellos repuesta natural a su oficio, y cejas mil veces cortadas por la nobleza y orgullo de los púgiles que amenazaron su reinado entrega honesta de dos hombres para regocijo de los millones de almas que envidiosas y admiradas sabían que jamás podrían semejarse a ellos por mucho que lo anhelaran. Su faz sembrada de mil cicatrices que se cruzan para fusionarse como mil tonos de la misma luz que ilumina su rostro por el sol de medio día y aun recuerda como se produjo cada herida de su devenir por esta vida y su prolífica carrera profesional.

 En su memoria mil y un recuerdos de su batalla vital, la guerra por ganar, vivir y dar a los suyos lo que se merecían según su propio criterio todo insuficiente. A veces no recuerda donde ha dejado sus llaves, o si ha tomado su medicación pero siempre recordará sus peleas, su combate más importante con el mundial en juego ante “Ciclón” Martínez en el 48; el estado máximo físico y psicológico de un gladiador moderno, dos hombres libres preparados al límite y decididos a llevarse el título por el que habían luchado tantos años. Dos Campeones y un solo título. Dos campeones que lo darían todo, quizá hasta su vida que lucharían hasta la extenuación para llevarse algo tan efímero como un título, un cinturón, un objeto de cuero y metal que ignoraban poseía un valor inferior al suyo propio, al de los hombres que lo disputaban.

 Una pelea dura y temible ante el único hombre que pudo ponerle en peligro, bajarle al suelo como simple mortal. Su táctica clara hasta que su nariz quedó destrozada por una derecha asesina que estalló en su rostro.
No le había hecho daño como para derribarle pero la sangre exageradamente roja, exageradamente demasiada, como una careta le cubrió el rostro y le sacó de la pelea preocupado por su herida mientras su rival activado por la sangre se lazó a por él como un tigre salvaje sin saber que su rival herido o sano era algo lejos de lo humano, de lo lógico de los demás campeones con letra minúscula.
 Los miles de personas que lo presenciaban rugieron en pie ante lo que parecía el fin de un tremendo boxeador. Los millones que lo vivían desde sus casas se llevaron las manos  tapándose
el rostro esperando despertar de la pesadilla, del temblor de una historia de raza y nobleza humana…

 Tras unos segundos de desenfoque comprendió que esto debía terminar ya. Asalto quinto “Ciclón” no le daba respiro cegado por la cercana victoria y la sangre era el centro de sus ataques como el centro de una diana. Ese fue su error.

Subió sus manos, guardia casi infranqueable optima para cubrirse y ver mejor las acciones del hombre que le acosaba incesantemente. Este no estaba siendo inteligente. Siempre las mismas combinaciones, repetitivas que solo ante su movilidad de piernas quedaban neutralizadas mientras punteaba a Martínez con la izquierda. Tenía que acabar con él antes de que volviera al buen camino. ¡Jamás había sufrido tanto!

Le dejó desfogarse mientras iba trabajando el final. "Ciclón" Martínez lanzaba muchas derechas mientras se olvidaba de su izquierda que defectuosamente intentaba colocar abajo para obligarle a bajar la guardia. Una derecha suya por donde debería entrar esa izquierda del hombre que le acosaba podría ser la clave. No podía ser de otro modo no podía esperar más. Gotas de sangre tenían su calzón su pecho y cada giro de cabeza para esquivar las manos que venían hacían salpicar la lona aparatosamente y él mas fuerte y decidido que nunca a resarcirse.

La izquierda de su rival no estaba muy alta, bien armando pero con una fisura defensiva. Tenía que intentarlo ¡lo recordaba como si fuese ayer! Tiró su derecha a la sien de su pesadilla y consiguió tocarle mientras encajó una dura derecha recta, como un rayo esa derecha se recogió para rematarle con la misma mano, un gancho diestro precioso, curvo, muy abierto y durísimo… Lo vio claro.

Una veloz esquiva de cintura hacia la izquierda dejó pasar el gancho asesino por encima de su cabeza. Pudo oír el rugir del público. Desde abajo y en milésimas sacó su izquierda cruzada, con toda su alma. Clavó el pie izquierdo en la lona mientras despedía a su mano dirigida a la mandíbula ajena. Giro de cintura, hombro y muñeca al notar contacto del cuero con el cuero vivo. Luego todo su peso a su pie derecho para frenar su furor. Fue demasiado fuerte.
 Sus 69.800 cargados sobre los 4 centímetros cuadrados de su puño que albergó todo su peso, potencia y determinación del campeón que acababa de sufrir para demostrarlo, esto le haría mejor boxeador más completo más humano y humilde, en definitiva más campeón.

Cuando su mano estalló en la mandíbula de su rival más peligroso la cabeza de este giró de lado a lado hasta el límite total con un latigazo violento, sus brazos hace dos segundos tan peligrosos, esas manos que rozaron la victoria quedaron inertes, ausentes y cuando su cabeza volvió a mirar al frente; instinto natural su mirada estaba perdida y ajena a su destino en este combate fratricida. Mientras caía pudo rematarle con la derecha pero no tenía objeto no era necesario, ético ni moral. Le dejó ir. Aquel hombre siempre se lo agradecería.
Antes de que tocara el tapiz ya había levantado los puños ante la locura de todos los asistentes. No lo había hecho por arrogancia, ni por falta de respeto sino por que sabía que nadie en el universo, ningún ser humano podía levantarse después de esa mano granítica que si hubiera fallado le habría llevado a él a la lona por pura inercia.

 Se acercó para levantarle y no festejó nada hasta que “la horma de su zapato” volvió en si recuperándose totalmente. Gracias a dios, por un momento él mismo se había asustado de su potencia de pegada.

-Enhorabuena Campeón, me has cazado eres un boxeador increíble- Dijo Martínez a su verdugo, al hombre que le había roto el invicto sentado en su esquina mientras le sacaban los guantes y se recuperaba.
-Muchas gracias has sido mi mas difícil, noble y valiente rival, no lo dudes no eres menos campeón que yo. Eres un campeón sin cinturón. Algún día lo conseguirás.-
-Se que podría vencerte y lo haré si me das la oportunidad- Dijo Martínez buscando el desquite.
-Me encantaría, sin duda te lo mereces y ojalá podamos hacerlo.-
-¿Como esta tu nariz? buen cutman el tuyo por cierto...- Dijo "Ciclón" realmente preocupado por su rival.
-Bueno creo que no rota, solo cortada. Cuestión de días... suerte Martínez nos veremos pronto-
-Llámame cuando quieras y prepárate para cederme el cinturón, no dejaré pasar el tren nunca más; te daré una buena paliza...- Respondió "Ciclón" Martínez con una sonrisa en los labios mientras su vencedor se alejaba por el ring devolviéndosela cariñosamente.

Jamás se produjo aquella revancha. Cosas "del negocio" nunca los aficionados pudieron ver ese ansiado duelo, también querido por los protagonistas. Por supuesto si se produjo la llamada, la recibió Martínez no fue para realizar la revancha de forma clandestina. Su mujer esperaba la primera hija de ambos ¿que mejor padrino que su buen amigo "Ciclón" Martínez? Esto les uniría de por vida. Su carreras transcurrieron paralelas respetándose jamás se tocaron.

   Hoy a sus 94 que duelen puede recordar como este todos los combates que con fortuna libró por el mundo, los tres mundiales en tres pesos diferentes que ciñó a su cintura, cada K.O que con determinación consiguió, cada victoria y cada derrota, cada rival que se fue yendo. Cada preparación de los combates, cada visita de la mafia, cada herida, cada caída, cada triquiñuela del oficio... El sudor, las lágrimas, la sangre, la humedad y frialdad de tantas noches de su oficio la bruma obnubiladora del color del dinero el tono gris de la época que en suerte le tocó vivir, el olor del cuero nuevo, efluvios de amoníaco, el tacto suave de sus batines armaduras infranqueables refugios del guerrero en momentos cobardes al fin refugio indestructible de seda.
 La sensación de la vaselina en el rostro, la presión agradable de las vendas en sus puños armas y herramientas de trabajo sensibles y profesionales como las del mejor orfebre. El cariño recibido.
Ya ha perdido la cuenta de cuantas veces le han preguntado en su vida que si volviera a nacer si volvería a elegir ser boxeador profesional. Solo cuando era más joven lo había dudado por un momento hoy no lo hace.
 Si mira a derecha, izquierda o al frente hasta donde alcanza su vieja vista todo lo que contempla lo ha conseguido con sus puños esta casa con hall donde ahora espera sentado todo este campo verde, su mujer, hijos todo se ha mantenido gracias al noble deporte que ha defendido tantos años.
 Alguna vez ha dicho que si volviera a nacer sería un boxeador menos arriesgado, se habría cubierto más y mejor, no habría aceptado muchos combates, que sería menos camicace, que se habría retirado antes... todo falso. ¿como olvidar las lágrimas desatadas por su arte en los aficionados? ¿Se puede renunciar a eso?
 Sin duda si volviera a nacer se repetiría a sí mismo. Hoy sabe que si algo hubiera cambiado, no hubiera sido el mismo. No hubiera sido él. No hubiera sido nadie. Si volviera a nacer repetiría su vida con todos sus defectos, de principio; a su cercano fin.

Está cansado intenta levantarse a pulso de la silla apoyando sus manos en los reposabrazos. Manos huesudas con articulaciones gastadas, dolorosamente artríticas que no le permiten desenvolverse y muchos menos calzarse sus viejos guantes que resecos guarda con cariño. Sus piernas tampoco responden y desistiendo se deja caer en su silla rendido con un gesto de dolor físico de su osamenta y psicológico por su presente. Esto es lo que queda de quien fue, un hombre temido hoy antitesis total de antaño.

 Llegará su hija, su trozo de ser y legado, su vida y con cariño le ayudará a incorporarse. Como cada día tomado del brazo recorrerá lentamente largos pasillos adornados con viejas fotos en blanco y negro de boxeadores propias y ajenas de sus combates esos que cada día le martillean la memoria hasta llegar a su lecho donde reposará el cuerpo del gran campeón que fue, un hombre cuerdo, demasiado lúcido en un cuerpo senil, débil y desahuciado, un alma de campeón encerrada en la cárcel del cuerpo funesto que lo retiene amargamente. Su único pesar.
Como cada día dormirá en su lecho ese que le acoge y en el que un día no despertará.
 Ya no le importa por que cree que ha sido un gran chico, un gran hombre, padre, marido, amigo, un gran boxeador y campeón y hoy un gran anciano. El sueño le vence y se deja llevar, mañana volverá a recordar a veces amargamente, un millón de cosas del ayer. Pero ahora, en este momento solo necesita descansar. Solo quiere irse sigilosamente hasta su nirvana. Irse y descansar. Mañana será otro día al que quizá nunca llegue.
  

 Por Manuel Lino Pérez