Quedan pocos minutos. Sentado sobre una mesa ya ataviado después de la inmaculada liturgia del Arte de Fistiana. Sus tobillos han sido vendados por petición propia ya que eso le hace sentir mayor estabilidad. Largas vendas como suaves haces de luz abrazan sus puños, meticulosamente colocadas aprietan lo justo para no se sienta incómodo.
Hasta que llegue el momento no se pondrá los guantes nunca lo hace hasta el último instante por que esas herramientas están reservadas exclusivamente para ser usadas en la pelea y le serán retiradas
inmediatamente al finalizarla debido al increíble respeto que les tiene. Su torso desnudo, mentón bajo y sobre su cabeza descansa una tolla de algodón blanca, suave y nueva que le hace invulnerable al exterior como un armadillo dentro de su coraza absorto en su estado de gracia como un trance budista que busca la iluminación. La mirada perdida en otro lugar en otro plano de realidad en ese momento puede ver mucho más allá que los demás; más lejos que dónde alcanza la vista mientras esa gente deambula delante suyo los mira sin verlos, están lejísimos.

Respira como le han enseñado para oxigenarse antes de la contienda eso le relaja. Le gustaría estar solo para repasar mentalmente sus mejores golpes los que si puede le gustaría con gloria ejecutar. No puede fallar, todos esos meses de entrenamiento esos momentos de sacrificio y sufrimiento extremo, todo ese esfuerzo no puede ser en vano no es justo, pero será pronto cuando tenga que demostrarlo como sea.

Esa mezcla de miedo y nerviosismo de adrenalina y sudor de gloria y fracaso. El boxeador no siente miedo antes de salir a pelear no es exactamente eso. No siente miedo al dolor de los golpes los golpes no duelen, más duele el fracaso de la derrota la renegación de los “suyos” o esos que vociferaban pertenecer al campeón en otros momentos de bonanza no tan lejanos en el tiempo, esos que en la victoria se acercaban a él y dándole una palmadita le decían: "Bravo chico, eres el mejor, siempre contigo". Eso duele más que el golpe más duro al hígado y él ya lo ha vivido. Fue ahí cuando tomaron sentido aquellas palabras de su primer preparador que cuando aún era un niño le decía: “Cuando ganes, la gente cruzará la calle para dar la mano al Campeón. Esos mismos que no te conocerán cuando pierdas” pero es un luchador dentro y fuera del ring y de la derrota se aprende más que de todas las victorias.

Ha llegado el momento. Alguien se acerca con los guantes para armar al luchador; eso es como pulsar el botón que acciona y desata el vendaval personal del que lucha por resurgir, solo añora poder tocar el cielo vagamente con las yemas de sus castigados dedos privilegio propio y merecido que una y otra vez injustamente le ha dado la espalda aunque de cierto modo ni siquiera tiene claro si quiere hacerlo por él mismo o por acallar murmullos inconfesables y ajenos que con insanas intenciones puedan clavarse en su pecho dejándole malherido o funesto.
Con sus guantes correctamente colocados por sus espaldas le es acercado un batín de seda azul hasta los pies. Enfila el lúgubre pasillo que le conducirá al ring, metros interminables hasta la luz, el bullicio y su destino. Es ahora cuando mil sensaciones y pensamientos irrepetibles le asaltan como un huracán a una velocidad fulgurante que le hace imposible llegar a asimilarlos y comprenderlos todos. Camina rodeado mientras tira sus manos para desentumecerse, probarse y auto-convencerse de sus posibilidades. Cree que ganará como lo cree siempre hasta cuando sabe que perderá.

Si es vencido ya nada tendrá sentido su final es lo único que podrá tocar, y una vez más en soledad las lágrimas se acercarán a sus viejos y cansados ojos hartos de ver tantas cosas.
Si gana… posiblemente también.

La suerte está echada, ya no hay nada que hacer pero de todos modos lo que nunca nadie podrá cambiar es que aunque a algunos disguste siempre seguirá siendo persona antes que boxeador, y mucho antes que Campeón pase lo que pase esta noche ahí fuera; esto como otros, tan solo será un instante.

Manuel Lino.