"Monzón está entre los mejores de la historia"

  Pidió tiempo para arreglarse. La cita, convenida en la frontera de la tarde en el hotel Panamericano, donde se alojó invitado por la Asociación Mundial (fue una atracción del festival Ko a las Drogas), se demoró hasta la noche prematura. "Tengo que prepararme: tomar una ducha, vestirme...". Su aparición en el lobby sirvió de explicación inmediata: lo hizo con idéntica elegancia a la que entregó, generoso, durante los años de vigencia. Campeón por siete años, su reinado, igual al de Carlos Monzón en duración (1970-77), no llegó a igualar al del argentino en cantidad de defensas exitosas, las 14 que el santafesino fijó como marca que el fantástico Bernard Hopkins ahora ha llevado a 20. La mención del nombre del pupilo de Amílcar Brusa bastó para que Maravilla brindara el reconocimiento.

"Monzón está entre los mejores de la historia. No tengo dudas: lo ubico junto a Ray Sugar Robinson, Harry Greb... los mayores nombres de la categoría. Todavía lamento que nuestros caminos no se hayan cruzado. Habría sido fantástico", admitió.

—¿Quién habría ganado?

—El era excelente, por eso llegó tan alto, pero yo también...

—¿Usted, entonces, se ubica en ese mismo nivel?

—Sí. Y no hay vanidad, sino que es algo que puede probarse por una campaña profesional de más de 14 años. La gente que hizo historia, como Monzón, honró el cinturón de campeón mundial. Los dos fuimos campeones unificados. Claro, después comenzó esta locura de crear organizaciones, separar e inventar títulos. Porque es el único campeón mediano y, obvio, por su estupendo nivel, en esta lista también incluyo a Bernard Hopkins, el mejor boxeador de la actualidad.


Hagler destruyó a Hearns

—Habla con nostalgia...

—Más que nostalgia, es justicia para los que le dieron respeto a una actividad tan dura y difícil como el boxeo. ¿Cómo puede ser que, ahora, cualquier chico con 20 peleas llegue a un combate titular? Yo llegué a mi primera pelea por título, con Vito Antuofermo, con 50 peleas exactas y más de seis años como profesional. Esto de ahora no se parece al boxeo que yo aprendí.

—¿Y qué aprendió?

—A tomar esta actividad como un modo de vida, con plena responsabilidad porque se trata de una disciplina rigurosa. El boxeo modeló mi carácter, me enseñó a ser paciente, a comprender que esto no es un juego y que, en cada pelea, uno sabe cómo subirá al ring, pero no cómo bajará. También aprendí que, aunque uno tenga habilidad, los manejos políticos a veces son mucho más poderosos que los puños.

—¿Lo dice por aquella pelea con Sugar Ray Leonard, cuando usted perdió el título?

—No sólo por eso. En general, las cosas no me fueron sencillas y no por cuestiones de habilidad boxística. Por ejemplo, una vez que por fin tuve la chance por el título, dieron empate en la pelea con Antuofermo, que yo había ganado. Después del largo reinado de Monzón, estoy seguro de que los que manejaban las organizaciones (entonces, sólo regían la AMB y el CMB) no querían otro campeón que se mantuviera por mucho tiempo. Porque de algo estoy seguro: si hubiese tenido antes una oportunidad, habría quebrado el récord de Monzón (14 defensas) por mucho, como hoy lo hace Hopkins.

—Aquel fallo dividido, justamente, en su 13 defensa, no le permitió llegar al récord de Monzón.

—Es cierto, pero me dio una consideración que aún continúa. La gente, todavía hoy, me felicita por mi desempeño y trata de consolarme: todos saben que fue un robo. Incluso aquí en la Argentina me lo han dicho. Y me han dado una gran sorpresa, porque hasta hubo gente esperándome en el aeropuerto. Eso es un gran honor: que público de diferentes países se acerque a felicitarme y a decirme cuánto le gustaba mi estilo. Es increíble, porque fue algo que hice en los años 80.

—Más allá del fallo discutido, la pelea tuvo dos aspectos bien marcados: cuando usted quiso pegar, salir y bailar, como hacía Leonard, le costó sacar ventaja. Pero cada vez que puso a Leonard contra las cuerdas y descargó golpes, tuvo la victoria a mano...

—Yo también era capaz de boxear con estilo. Es más, no muchos podían hacer lo que yo hacía. Incluso hoy no hay muchos que sepan hacerlo. Tenía guardia zurda, pero era capaz de pelear con idéntica calidad parado como diestro. A Leonard estuve cerca de noquearlo, pero cada vez que me acercaba a la definición, sonaba la campana. Fue muy raro...

—¿Acaso no arriesgó demasiado para llegar a ese combate? Usted aceptó condiciones muy exigentes: guantes sin pulgar, la sede, una duración de 12 en vez de 15 rounds...

—¿Sabe por qué? Porque perseguí esa pelea por años. Yo sólo quería tener a Leonard, un gran boxeador, en el ring. Acepté esas condiciones y la única que yo pedí que se incluyera en el contrato, jamás se cumplió.

—¿Cuál fue?

La revancha. No me la dieron, pese a ese compromiso en el contrato. Comprendí que ya no me quedaba más por hacer.

—Mencionaba el reconocimiento que hoy le da el público. Parece mayor que el que recibía en su época de campeón...

—¿Sabe mi nombre completo?

—¿Marvin?

No, Marvelous (Maravilla) Marvin. Poco después de la pelea con Roldán, convertí el apodo en un nombre legítimo. Entonces, aquéllos que me subestimaban estaban obligados a oír mi nombre completo cada vez que me anunciaban en una pelea.

—Tal vez lo hayan subestimado porque usted no pudo ganar la primera vez que peleó por el título mediano, pese a que a Vito Antuofermo, el campeón de entonces, no le sobraba talento.

—A Antuofermo no se lo ha valorado como merecía.

—¿No le parece exagerado?

—Está entre los rivales más fuertes que me tocó enfrentar, como Durán, Mugabi... Cuando empatamos, la primera vez que lo enfrenté y no me dieron el título, probó que era un tipo de gran fortaleza y coraje. No le sobraba talento, era muy rústico, pero compensaba con un enorme corazón.

—¿El nocaut en tres rounds a Tommy Hearns fue su victoria más brillante?

—Tuve muchas peleas buenas. Tal vez la gente recuerde mucho el triunfo ante Hearns por lo espectacular y porque era un nombre de mucha trayectoria. Había, además, un asunto personal. Hearns tenía una boca muy grande, se burlaba de mí, decía que iba a golpear mi cabeza calva. Le pegué mucho y muy duro. Menos mal que terminó en el tercer round... si seguía, no sé cómo habría quedado Hearns.

—Después de la pelea con Leonard, usted cambió por completo su vida...

—Me fui a Milán, en Italia, y me dediqué al cine. Había hecho publicidades importantes, para Coca-Cola y Pizza Hut, pero aquello fue diferente, porque se convirtió en mi nueva profesión.

—¿Por qué eligió algo totalmente diferente?

—Porque cerré una etapa. Y porque asumí un desafío: demostrar que los boxeadores no somos la imagen estereotipada del hombre ignorante, que no sabe leer ni escribir, que sólo está para dar y recibir golpes y para que los demás vivan de su esfuerzo. Ese es el ejemplo que pretendo dar a los boxeadores actuales: que sean responsables para subir el ring y que no descuiden su preparación intelectual, porque el boxeador termina rápido y la vida sigue.

—Una vez que se fue, usted ya no pensó en regresar...

—No quería otra cosa que la revancha con Leonard. Lo demás no me interesaba. No me arrepiento de la decisión que tomé. Por suerte, jamás debí plantearme la urgencia de regresar al ring. Es muy peligroso pasarse del límite que fijan la edad y el físico. Enormes campeones, tal vez los más brillantes de la historia, como Joe Louis y Muhammad Ali, lo pagaron muy caro. Claro que lo de Louis fue diferente, porque había una necesidad económica.

Ali, más allá de la oferta para regresar ante Larry Holmes, buscaba la gloria de consagrarse por cuarta vez...

—Sí. Pero ahora, con el ejemplo que da contra el Mal de Parkinson, es más campeón que antes. Y hablo de El Más Grande...

—¿Qué es más difícil: el boxeo o la actuación?

—El boxeo, porque en una película nadie te va a pegar, a menos que sea por accidente en una escena de riesgo (se ríe). Aunque hay algunas cosas en común: en ambas, hay que prepararse a conciencia y poner el alma. También la actuación es como el boxeo porque tener la oportunidad de un rol protagónico es como lograr la chance de una pelea. Hasta que eso llega, uno debe ser paciente y aprender.

—Entonces, ganar un Oscar no le será imposible...

—(Se ríe a carcajadas) Eso sería como tener, a esta altura de mi vida, una pelea por título mundial.

Por Fernando Otero. Olé